A veces me escriben historias…
que parecen sacadas de una película, pero cuando me lo contó esta chica, me lo dijo tan normal, tan de tú a tú, que me quedé pensando varios días.
Ella conoció a un chico en pleno verano, en uno de esos festivales en la playa donde todo el mundo está feliz, despeinado y quemado por el sol. No iban buscando nada… pero ya sabes cómo son esas cosas: te cruzas con alguien, te ríes, conectas, y de repente te sorprende lo bien que encaja todo sin haberlo planeado.
Me decía:
“Eva, no fue un amor de verano de esos que se olvidan. Yo volví a casa y él seguía aquí dentro.”
Pero claro, llegó septiembre.
Él vivía lejos. Ella tenía sus estudios, su trabajo, su vida.
Y como suele pasar, lo que empezó muy fuerte empezó también a enfriarse.
No por falta de amor, sino por falta de tiempo… y por miedo, que también mete la mano.
Ella intentó seguir su vida, pero cada vez que pasaba por un escaparate lleno de luces de Navidad, oía una canción de estas típicas de diciembre, se le movía algo dentro.
Y ahí fue cuando me escribió. No desesperada, ni rota. Solo con esa duda que pica por dentro:
“Eva, ¿y si lo nuestro sí era real y lo dejamos escapar?”
Hablamos un buen rato.
Yo le dije lo de siempre, lo que digo a cualquiera: que no se trata de forzar nada, que si hay algo entre dos personas, se puede trabajar desde la intención, desde la calma, desde querer que las cosas fluyan… no desde la ansiedad.
Hicimos un trabajo suave, de esos que acompañan, que ponen claridad, que mueven un poco la energía.
Un amarre de amor limpio, sin dramatismos, sin obsesión.
Más bien un empujón para que lo que estaba dormido se despertara, si tenía que despertarse.
Y mira tú por dónde… despertó.
Porque una semana después me escribe ella temblando:
“Eva, me ha escrito.”
Pero no el típico mensaje frío.
No.
Él le mandó un mensaje largo, bonito, sincero.
Le dijo que llevaba tiempo pensando en ella, que se había arrepentido de cómo se alejaron, que ahora con la Navidad encima se daba cuenta de que la echaba en falta más de lo normal.
Ella ya estaba llorando cuando me lo contaba.
Quedaron un día antes de Nochebuena.
Ella iba nerviosa perdida.
Él igual, aunque iba disimulando.
Se sentaron en un café con luces por todas partes, ese ambiente tan típico de diciembre que parece que ablanda hasta las discusiones.
Hablaron.
Pero hablaron de verdad.
Él admitió que se asustó.
Ella también.
Y ahí, en ese momento tan normal, sin ninguna música épica de fondo, él le dijo:
“No quiero que pase otra Navidad sin que estés conmigo.”
Y así, sin grandes gestos, volvieron.
A veces la gente piensa que un “amarre de amor” es manipular o obligar…
y no.
A veces lo único que hace es encender la luz donde había sombra, abrir un camino que ya estaba ahí, pero que el miedo había tapado.
Hoy siguen juntos.
Y lo más bonito es que ella me dice que si no hubiera dado el paso de buscar claridad antes de Navidad, quizá lo suyo se habría quedado en un recuerdo de verano.
Pero no.
La Navidad les devolvió lo que el otoño les había quitado.
Y si estás viviendo algo parecido, o simplemente no sabes por dónde tirar, escríbeme. A veces una conversación a tiempo cambia mucho más de lo que imaginas. Estoy al otro lado del WhatsApp para escucharte.


Deja una respuesta