El verano tiene una forma muy particular de meterse bajo la piel. Es el roce del aire caliente, la ropa ligera, la salitre y esas noches en las que las sábanas sobran. El verano despierta el cuerpo, y por eso, cuando la persona que deseas está lejos, el deseo acumulado se convierte en una tortura silenciosa.
Conocí a Laura hace unos días, en pleno pico de calor. Me escribió desde la habitación de un hotel frente al mar, con la ventana abierta de par en par escuchando las olas. Había decidido hacer sola la ruta en coche por la costa que tenían planeada. Él se había agobiado semanas antes; le dijo que la chispa se había apagado, que la rutina les había devorado y levantó un muro de hielo entre los dos.
Laura fue valiente y arrancó el coche. Pero me confesó que conducir por los acantilados, y mirar de reojo el asiento vacío del copiloto, la estaba volviendo loca. Echaba de menos el peso de su mano en su muslo mientras ella conducía. Echaba de menos esa tensión eléctrica de llegar al hotel después de todo el día sudando al sol, cerrar la puerta y comerse a besos antes siquiera de quitarse la ropa.
«Eva, la química que teníamos no desaparece de un día para otro. Sé que me desea, pero está bloqueado», me dijo.
Y tenía toda la razón. Cuando miré sus cartas, vi un fuego inmenso que seguía vivo, pero que estaba enterrado bajo una capa muy gruesa de cenizas: estrés, problemas de trabajo, monotonía y orgullo. Él no huyó porque ya no la deseara. Huyó porque la conexión estaba tan asfixiada energéticamente, que esa atracción instintiva y visceral se había congelado.
En la Magia Blanca no amarramos los cuerpos. Lo que hacemos es avivar el fuego natural. Hice un ritual de limpieza y Apertura de Caminos muy potente, trabajando con la energía de la pasión. Soplamos las cenizas para que el deseo, libre de bloqueos y miedos, volviera a arder con fuerza y no le dejara pensar en otra cosa. Ayer, de madrugada, me mandó una captura de pantalla. Era un mensaje de él, a las 2:00 a.m.
«He visto la foto desde el balcón que le pasaste a tu hermana. Llevo horas sin poder dormir pensando en lo que daría por estar ahí, arrancándote ese vestido de verano y no dejándote pegar ojo en toda la noche. He sido un imbécil perdiendo el tiempo aquí. Cojo el primer tren a la costa y alquilo un coche para alcanzarte.»
Hoy, Laura ya no conduce sola. Y me consta que anoche no durmieron mucho.
A veces, la distancia y el hielo no son falta de amor ni de deseo. Son solo muros de energía densa que piden a gritos ser derribados. Si tú también recuerdas cómo ardía la piel entre vosotros. Si sabes que esa química brutal sigue ahí abajo, pero el orgullo o el estrés la han silenciado.
No dejes que se apague el fuego este verano.
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